Alanis en Buenos Aires



No lo puedo creer!!!
(bueno... sí que puedo!!! )

La niña santa (o de cómo perder una hora y pico de tu vida en algo completamente inútil...)

W - H - A - T - T - H - E - F - U - C - K?????

¿En qué cabeza cabe que alguien querría ver esa bosta?
Y yo pensé que me había perdido una buena peli, ¿quién me devuelve el tiempo invertido?

Fea historia + feos personajes + feas tomas (hacerse la innovadora cuando una está remando la segunda película de su historia es de pelotuda, nena, eso dejáselo a Tarantino, que puede mostrar a un gordo cagando dos horas en la pantalla y la gente lo adora igual - vaya a saber porqué... pero, en fin) + buenos actores desaprovechados.


¿Y Mercedes Morán? perdón que sea reiterativo, pero... ¿en qué mierda estaba pensando cuando aceptó?
¿Y Carlos Belloso...? ¡Si hasta corrompió a Alejandro Urdapilleta esta forra de directora!
¡Puta madre, me siento recontra estafado por toda esta gente!

UN OSCAR, BIEN GRANDE, DE DOS METROS DE ALTO PARA LA DIRECTORA LUCRECIA MARTEL (y alguien con la fuerza suficiente como para hacérselo entrar bien en el orto a la muy hija de re mil putas!)

Lo gracioso es leer la parte de las críticas del sitio de la película (¡tiene sitio!¡y lo siguen manteniendo!) que aparece únicamente una crítica de Pedro Almodovar (parte de la producción de "La niña santa" es de la productora "El deseo" de Pedro Almodovar) y ni siquiera él se hace cargo de esta mierda, habla de la directora refiriéndose a la película anterior, ni una palabra de la película actual.

(¡Qué lindo es desahogarse...! Luego de esta breve columna de espectáculos, continuamos almorzando con Patricio Gonzalez Arosa... ahh, no... así, no... así no... con la toma de abajo, no!)

Extrañas coincidencias

Destiempo - Perez Celis

Una de las cosas de las cuales quería hablar hoy es de la muerte de Perez Celis.
Ya es feo cuando alguien muere, pero cuando ese alguien está vinculado al arte, bueno, es un poco peor...
Se me ocurre buscar una imagen para ilustrar esto que ahora estoy escribiendo.
Por esas cosas de la vida, resulta que mi pareja es de otro país (no se asusten, ya van a hilar todo).
Obviamente, me pareció lo más prudente entrar en la página del artista (www.perezcelis.com).
Me puse a ver las opciones de pinturas atractivas y me decido por "Destiempo" (es la que aparece arriba).
Al mismo tiempo hablaba con mi pareja, que está al lado mío y le iba contando un poco de Perez Celis (no es que yo sea un fanático, pero bueno, Central Park, La Boca...).
Y en medio de todo eso tiro. "..era amigo de Borges..."
Y después: "...al final nunca fuimos a ese museo que estaba en... ah, no, pero ese era el otro... Xul Solar"
La inercia me hace meterme en el sitio de Xul Solar.
Me pongo a leer la biografía, después de repasar sus obras.
Y leo: "Amigo de Jorge Luis Borges, ilustró varios de sus libros y colaboró en varios de sus emprendimientos editoriales como la Revista Multicolor de los Sábados y Destiempo"

OK, me equivoqué, pero ¿no es raro que justo haya colaborado en una publicación que se llama "Destiempo"?

Siempre es mejor homenajear a dos artistas que a uno solo, ¿no?


Texto Cívico - Xul Solar

Te imaginás la cagada a pedos...?

video

Ya otra vez hablé de la tacita de té de Cris... ¿te imaginás al pobre chico después del discursito el sermón que se comió? Me parece que éste estado de cosas amerita una etiqueta de "La ira de Cris". He dicho.

Fuente original: Perfil Digital

30 "malvados" a la horca

No es una novedad que a mí me pueda interesar un artículo como el que publica Crítica de hoy sobre las muertes declaradas en Irán. Básicamente, Irán aceptó que hubieron 30 nuevas ejecuciones por violaciones a la ley musulmana. Oficialmente. Hay que ver qué es lo que le quiere decir al mundo Irán con este anuncio.
De todas maneras, ese no es el punto central de este post. Lo interesante es revisar la parte de comentarios de la nota, en la que Garibaldi nos muestra, de manera jocosa para él, cómo los infradotados consiguen utilizar una computadora con Internet. ¡No me digan que no es una “monada”!

La foto del día: Lirio

Foto propia (2008)

Todos los veranos, más o menos para la misma época, en el fondo de mi casa, empiezan a crecer unas hojitas en el medio de los yuyos. Uno no se da cuenta, porque el jardín es un desastre, siempre está el pasto largo y cuando lo cortamos, nunca llegamos a hacer los detalles que delatarían su existencia. De golpe un día uno abre la puerta del jardín y se encuentra con este espectáculo: una explosión de amarillo que siempre, invariablemente, te agarra por sorpresa.
Un poquito de explosión veraniega para este tiempo de frío...

No me jodas...



Mirá, si a Cristina no le tembló la taza cuando se tomaba el tecito mirando la tele, por ahí andamos eh?
(Particularmente me la imagino cagándolo a pedos a Néstor por teléfono, a quien le pedía por favor que dejara de nombrarla en esa payasada de evento, a lo que él le contestaba, salivando todo el celular, que se quedara tranquila, que deben ser los lentes que usan las cámaras...)

Fuente: La Nación

No country for old men

Yo sé que debo estar atrasado con las noticias, pero hasta ahora no hicieron más que recomendarla en cuanto sitio de internet que visité. Además era una de las películas más solicitadas en el momento que la bajé.
Tampoco es que esté en contra del Oscar que le dieron a Bardem, no... no me malinterpreten, al contrario, me parece que se quedaron cortos, porque deberían haberle dado una estatuilla más grande, de unos dos metros de alto, y que algún generoso se la meta bien en el orto por hacerle creer a la gente que:
  • Habla inglés.
  • Es buen actor.
  • Trabajó seis meses para hacer el deplorable trabajo que demuestra en ese bodrio.
  • Es protagonista (cuando en realidad uno se la pasa pendiente de Tommy Lee Jones, porque es el "menos peor" de todos los personajes).
  • Está bueno (con ese pelito se me fue cualquier morbo que tenía con él).


Por si no quedó claro: NO VEAN NUNCA, PERO NUNCA "NO COUNTRY FOR OLD MEN"

La noche de los feos - Mario Benedetti

Ambos somos feos. Ni siquiera vulgarmente feos. Ella tiene un pómulo hundido. Desde los ocho años, cuando le hicieron la operación. Mi asquerosa marca junto a la boca viene de una quemadura feroz, ocurrida a comienzos de mi adolescencia. Tampoco puede decirse que tengamos ojos tiernos, esa suerte de faros de justificación por los que a veces los horribles consiguen arrimarse a la belleza. No, de ningún modo. Tanto los de ella como los míos son ojos de resentimiento, que sólo reflejan la poca o ninguna resignación con que enfrentamos nuestro infortunio. Quizá eso nos haya unido. Tal vez unido no sea la palabra más apropiada. Me refiero al odio implacable que cada uno de nosotros siente por su propio rostro.

Nos conocimos a la entrada del cine, haciendo cola para ver en la pantalla a dos hermosos cualesquiera. Allí fue donde por primera vez nos examinamos sin simpatía pero con oscura solidaridad; allí fue donde registramos, ya desde la primera ojeada, nuestras respectivas soledades. En la cola todos estaban de a dos, pero además eran auténticas parejas: esposos, novios, amantes, abuelitos, vaya uno a saber. Todos - de la mano o del brazo - tenían a alguien. Sólo ella y yo teníamos las manos sueltas y crispadas.

Nos miramos las respectivas fealdades con detenimiento, con insolencia, sin curiosidad. Recorrí la hendidura de su pómulo con la garantía de desparpajo que me otorgaba mi mejilla encogida. Ella no se sonrojó. Me gustó que fuera dura, que devolviera mi inspección con una ojeada minuciosa a la zona lisa, brillante, sin barba, de mi vieja quemadura.

Por fin entramos. Nos sentamos en filas distintas, pero contiguas. Ella no podía mirarme, pero yo, aun en la penumbra, podía distinguir su nuca de pelos rubios, su oreja fresca bien formada. Era la oreja de su lado normal.

Durante una hora y cuarenta minutos admiramos las respectivas bellezas del rudo héroe y la suave heroína. Por lo menos yo he sido siempre capaz de admirar lo lindo. Mi animadversión la reservo para mi rostro y a veces para Dios. También para el rostro de otros feos, de otros espantajos. Quizá debería sentir piedad, pero no puedo. La verdad es que son algo así como espejos. A veces me pregunto qué suerte habría corrido el mito si Narciso hubiera tenido un pómulo hundido, o el ácido le hubiera quemado la mejilla, o le faltara media nariz, o tuviera una costura en la frente.

La esperé a la salida. Caminé unos metros junto a ella, y luego le hablé. Cuando se detuvo y me miró, tuve la impresión de que vacilaba. La invité a que charláramos un rato en un café o una confitería. De pronto aceptó.

La confitería estaba llena, pero en ese momento se desocupó una mesa. A medida que pasábamos entre la gente, quedaban a nuestras espaldas las señas, los gestos de asombro. Mis antenas están particularmente adiestradas para captar esa curiosidad enfermiza, ese inconsciente sadismo de los que tienen un rostro corriente, milagrosamente simétrico. Pero esta vez ni siquiera era necesaria mi adiestrada intuición, ya que mis oídos alcanzaban para registrar murmullos, tosecitas, falsas carrasperas. Un rostro horrible y aislado tiene evidentemente su interés; pero dos fealdades juntas constituyen en sí mismas un espectáculos mayor, poco menos que coordinado; algo que se debe mirar en compañía, junto a uno (o una) de esos bien parecidos con quienes merece compartirse el mundo. Nos sentamos, pedimos dos helados, y ella tuvo coraje (eso también me gustó) para sacar del bolso su espejito y arreglarse el pelo. Su lindo pelo.

"¿Qué está pasando?", le pregunté.

Ella guardó el espejo y sonrió. El pozo de la mejilla cambió de forma.

"Un lugar común", dijo. "Tal para cual".

Hablamos largamente. A la hora y media hubo que pedir dos cafés para justificar la prolongada permanencia. De pronto me di cuenta de que tanto ella como yo estábamos hablando con una franqueza tan hiriente que amenazaba traspasar la sinceridad y convertirse en un casi equivalente de la hipocresía. Decidí tirarme a fondo.

"Usted se siente excluida del mundo, ¿verdad?"

"Sí", dijo, todavía mirándome.

"Usted admira a los hermosos, a los normales. Usted quisiera tener un rostro tan equilibrado como esa muchachita que está a su derecha, a pesar de que usted es inteligente, y ella, a juzgar por su risa, irremisiblemente estúpida."

"Sí." Por primera vez no pudo sostener mi mirada.

"Yo también quisiera eso. Pero hay una posibilidad, ¿sabe?, de que usted y yo lleguemos a algo."

"¿Algo como qué?"

"Como querernos, caramba. O simplemente congeniar. Llámele como quiera, pero hay una posibilidad." Ella frunció el ceño. No quería concebir esperanzas.

"Prométame no tomarme como un chiflado."

"Prometo."

"La posibilidad es meternos en la noche. En la noche íntegra. En lo oscuro total. ¿Me entiende?"

"No."

"¡Tiene que entenderme! Lo oscuro total. Donde usted no me vea, donde yo no la vea. Su cuerpo es lindo, ¿no lo sabía?" Se sonrojó, y la hendidura de la mejilla se volvió súbitamente escarlata.

"Vivo solo, en un apartamento, y queda cerca." Levantó la cabeza y ahora sí me miró preguntándome, averiguando sobre mí, tratando desesperadamente de llegar a un diagnóstico.

"Vamos", dijo.

No sólo apagué la luz sino que además corrí la doble cortina. A mi lado ella respiraba. Y no era una respiración afanosa. No quiso que la ayudara a desvestirse.

Yo no veía nada, nada. Pero igual pude darme cuenta que ahora estaba inmóvil, a la espera. Estiré cautelosamente una mano, hasta hallar su pecho. Mi tacto me transmitió una versión estimulante, poderosa. Así vi su vientre, su sexo. Sus manos también me vieron.

En ese instante comprendí que debía arrancarme (y arrancarla) de aquella mentira que yo mismo había fabricado. O intentado fabricar. Fue como un relámpago. No éramos eso. No éramos eso.

Tuve que recurrir a todas mis reservas de coraje, pero lo hice. Mi mano ascendió lentamente hasta su rostro, encontró el surco de horror, y empezó una lenta, convincente y convencida caricia. En realidad mis dedos (al principio un poco temblorosos, luego progresivamente serenos) pasaron muchas veces sobre sus lágrimas.

Entonces, cuando yo menos lo esperaba, su mano también llegó a mi cara, y pasó y repasó el costurón y el pellejo liso, esa isla sin barba de mi marca siniestra. Lloramos hasta el alba. Desgraciados, felices. Luego me levanté y descorrí la cortina doble.

Vergüenza ajena... ¿o propia...? ¡Qué vergüenza!

¡Qué vergüenza, Cristina!